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Patrimonio Cultural

De antigüedad milenaria, el patrimonio cultural de la Ciudad de México contiene muestras significativas de las culturas que se han sucedido en el tiempo en su territorio. Los sitios arqueológicos en el Distrito Federal son muchos, aunque algunos de ellos son prácticamente desconocidos. Entre los más importantes hay que señalar a Cuicuilco, que posee la construcción más antigua de la entidad,62 y el Templo Mayor. En este último sitio se han encontrado piezas magníficas, como la estatua de Coatlicue o la Piedra del Sol, dos iconos representativos del arte mexica precolombino. Y, aunque con la conquista se interrumpió la producción literaria de los pueblos nativos, algo de ella ha subsistido hasta nuestros días a través de las crónicas coloniales, que han sido investigadas y traducidas por autores como Ángel María Garibay Kintana y Miguel León-Portilla.

Aunque la colonización española significó la desaparición del modo de vida de los mesoamericanos, también implicó el punto de partida en la formación de la cultura mexicana de la actualidad.

En aquel tiempo tuvo lugar un proceso de mestizaje que se observó desde el idioma hasta las expresiones artísticas. Por ello, y sobre todo en el siglo XVI, la plástica y la arquitectura de la Ciudad de México y los pueblos aledaños —notablemente Xochimilco— fueron mezclando elementos indígenas y europeos. El Centro Histórico de la Ciudad de México se llenó de grandes construcciones a lo largo de su historia, al grado de que existen ahí 1.436 edificios históricos repartidos en 9 km² superficie, muchos de ellos de origen colonial. Esto ha valido para que el centro histórico fuese declarado Patrimonio cultural de la Humanidad por la Unesco. En otros sitios del Distrito Federal fueron construidas edificaciones religiosas —como el convento de La Asunción en Milpa Alta, la Catedral de Xochimilco o la Antigua Basílica de Guadalupe— y seculares —como el Castillo de Chapultepec o el Ayuntamiento de Coyoacán—. En la literatura, figuras como Sor Juana Inés de la Cruz y Carlos de Sigüenza y Góngora dieron brillo a las letras en lengua española.

El siglo XIX fue una época de constantes conflictos nacionales. Por ello, en la primera mitad de la centuria no se ejecutaron grandes obras arquitectónicas en la ciudad ni en sus inmediaciones. En contraste, el gobierno porfirista se empeñó en modernizar la ciudad, y para ello adoptó la moda arquitectónica francesa de la que son ejemplos el Palacio de Bellas Artes, el Palacio Postal y las colonias de clase media que se desarrollaron en el tiempo aquél, como la colonia Roma y Santa María la Ribera. En el siglo XIX, la Academia de San Carlos formó a muchos de los arquitectos y pintores mexicanos más representativos de la época, entre los que hay que señalar la obra pictórica del mexiquense José María Velasco Gómez, productor de una amplia colección de estampas del paisaje decimonónico del Distrito Federal. En la literatura destaca la novela El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, la obra de los escritores liberales de la Reforma y poetas modernistas del Porfiriato, como Manuel Gutiérrez Nájera.

Luego de que la Revolución se instaló en el poder, los gobiernos emanados de ella en la primera mitad del siglo XX se dieron a la tarea de fomentar la cultura como un mecanismo de legitimación. Obras arquitectónicas como el Edificio La Nacional (que fue el primer edificio de más de 50 metros habitable) en la ciudad, el Edificio El Moro, Torre Anáhuac, Torre Latinoamericana, Edificio Miguel E. Abed, Torre Insignia y la Torre de Tlatelolco pretendían dar una imagen de una ciudad moderna. Se construyeron obras públicas como la Ciudad Universitaria y se entubaron los ríos que pasaban por la zona central del Distrito Federal. Pero fue especial el desarrollo del muralismo mexicano con clara vocación socialista, entre cuyos principales representantes se encontraban Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. El muralismo se proponía el desarrollo de un arte público que sirviera para instruir a las clases trabajadoras.

Aunque no participó del movimiento muralista, también hay que llamar la atención a la obra de la coyoacanense Frida Kahlo, compañera de Diego Rivera, que alcanzó fama mundial especialmente en la década de 1990, y a la de la catalana Remedios Varo, exiliada española cuya obra más importante se produjo en México.

Durante la segunda mitad del siglo XX y a principios del siglo XXI, han sido numerosos los proyectos de renovación de la arquitectura en la capital. Entre ellos hay que señalar la construcción de Santa Fe, la Torre Pemex, la Torre Prisma, la Torre del Caballito, la Torre WTC, la Torre HSBC, la Torre Libertad, la Torre Mayor y la Plaza Juárez, obras destinadas al alojamiento de sedes de importantes corporativos económicos y dependencias gubernamentales. En la escultura y en la pintura, a partir de 1970 hubo un rompimiento con las tendencias nacionalistas y el compromiso político del muralismo mexicano, cuestión en la que mucho tuvo que ver la crítica que el pintor José Luis Cuevas planteara en su texto La cortina de nopal. Por su parte, los escritores han intentado acercarse más a las cuestiones de la vida cotidiana, los problemas urbanos, pero también han convertido a la capital en escenario de las más variadas historias de ficción. Entre los ejemplos más representativos, hay que señalar la literatura de la onda, las crónicas de Carlos Monsiváis o la poesía de Efraín Huerta.

El Museo Nacional de Arte se fundó en 1982 y en el año 2000, reabrió sus puertas al público como el MUNAL después de un intenso proceso de remodelación y de actualización tecnológica y museológica a la manera de las grandes galerías del mundo. El acervo del museo se compone de más de 3000 piezas, y en el se presentan diversas exposiciones nacionales e internacionales. Actualmente, exhibe, estudia y difunde del arte mexicano e internacional comprendido entre el siglo XVI y la primera mitad del siglo XX.

En 1987, la Unesco inscribió al Centro Histórico y a Xochimilco en la lista del Patrimonio de la Humanidad, honor que se repitió para la Casa-Taller de Luis Barragán en el 200473 y para el campus de la Ciudad Universitaria de la UNAM en el 2007.

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